Tengo una hermana arquitecta, y un día, cuando le enseñé la foto de una nueva pequeña iglesia muy sencilla pero moderna, que vi en una ladera de montaña que daba al mar, y le pregunté si no disfrutaría si le encargasen algo así, me sorprendió respondiendo que no, que lo pasaría muy mal, porque para hacer una iglesia no hay ninguna normativa, y que ella necesitaba unas reglas de juego sobre las que actuar.
En el libro que he explicado que estoy ahora leyendo (“Múltiples estrategias de arquitectura”, Ediciones Asimétricas, 2013), Santiago de Molina anota y luego comenta una frase de Stravinski que quizás me acerca un poco a esa respuesta que para mí resultó entonces incomprensible:
“(…) Siento una especie de terror cuando, al ponerme a trabajar, ante la infinidad de posibilidades que se me ofrecen, tengo la sensación de que todo me está permitido. Si todo me está permitido, lo mejor y lo peor; si ninguna resistencia se me ofrece, todo esfuerzo es inconcebible; no puedo apoyarme en nada y toda empresa, desde entonces, es vana.”

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