viernes, 10 de noviembre de 2023

Trasporte público abarrotado


No he sacado ninguna foto y ahora me arrepiento, porque me habría simplificado la explicación que ahora intento.
Quiero hablar de los letreros luminosos (y, a través de ellos, de otra cosa) que cuelgan transversalmente en los andenes del metro de Barcelona y que, en teoría, avisan del tiempo que falta hasta la llegada del siguiente tren. En la primera imagen que he encontrado por internet se ve uno, que decía, en el momento de la instantánea, que faltaban 5 minutos y 39 segundos.
La mayoría de las veces que algún pasajero mire a ese letrero, sin embargo, no se topará con esa información numérica, sino con un largo párrafo escrito como el que se ve en la segunda imagen, que en ese especifico caso aportaba una información realmente extraordinaria, inusual, como era la de las alteraciones en el funcionamiento de la línea de metro debido a la convocatoria de una huelga de metro existente ese día. Pero ese caso es realmente excepcional, y lo que suele explicarse en esos letreros comúnmente obedece a disposiciones fijas y permanentes, como que hay un aparato desfibrilador en la estación, que si quien lo lea se encuentra mal, que llame por el interfono a no sé dónde, cosas así.
Anoche me encontraba, a eso de las 21:30 horas, tras haber efectuado un transbordo, en el andén de la línea 5 de la estación de Sagrada Familia. La aglomeración en el andén no llegaba a ser tan excepcional como la de la imagen, pero se le acercaba. Tras avanzar por el andén hasta la zona menos poblada, miré al letrero, para ver cuánto tiempo debería esperar hasta la llegada del siguiente tren, soportando el continuo flujo de pasajeros llenando más y más el andén.
Ahí quería llegar: como en otras ocasiones, pude al final ver el tiempo que señalaba, pero sólo un momento, porque en seguida desapareció la información, para ser sustituida por el anuncio fijo habitual. Mantuve la vista fija, no obstante y, también como en otras ocasiones, el nuevo periodo de tiempo que señalaba hasta el último tren era muy superior a lo que indicaba en el momento que había mirado restándole el tiempo aproximado transcurrido. Y otro tanto sucedió a continuación. Se había rectificado fuertemente, a la alza, el tiempo de espera necesario mientras el anuncio excepcional que no era en absoluto excepcional ocultaba el contador.
La conclusión a la que he llegado, después de sufrir esta experiencia repetidamente, es clara: el texto más o menos fijo que se repite en el letrero luminoso está puesto ahí para despistar a los pasajeros, para engañarlos. Se nos hace creer que la frecuencia de paso es inferior a la realmente efectiva, de la misma forma que las frecuencias de paso escritas en las paradas de autobuses se puede comprobar fácilmente que también es inferior a la que indicaría el tiempo que debes esperar hasta el próximo autobús anunciado según la información fija, impresa, de la parada. Y al menos a mí no me gustan las tomaduras de pelo. Desde aquí ruego a quien tenga mano en el asunto que coloquen el anuncio fijo del letrero luminoso del metro en otro lugar destacado, pero sin tapar la información para la que se instaló el letrero. Y que hagan el favor de no hacer creer que la frecuencia de paso es superior a la planificada, ni en metro ni en autobús.
Previamente, a eso de las 18h -lo que quizás sea, no lo sé, una “hora punta”- había hecho el trayecto opuesto, que resultó muy penoso: los vagones estaban abarrotados, todos los asientos desde luego ocupados, pero es que toda la superficie para pasajeros de pie también.
Una simple observación del pasaje permitía deducir que estaba formado mayoritariamente por gente (abundancia de inmigrantes y currantes con las huellas del duro trabajo del que debían haber acabado de salir entonces) que no debe ser propietaria de automóvil. Mi reflexión es que, si realmente se quiere convencer a la gente que se desplaza en su coche por la ciudad de que lo deje en casa en sus trayectos, utilizando el transporte público, la inversión que debe hacerse en éste es muy grande e inaplazable.
No basta con seguir engañando a los pobres desgraciados que utilizan -por convicción o porque no tienen otro remedio- el transporte público, haciéndoles ver lo que no es, quizás hasta reflejándolo en estadísticas. Se les debe ofrecer (a ellos y a los otros a los que se quiere convencer) un medio óptimo, que haga la experiencia de lo más confortable. Durante horas puntas se debe como mínimo doblar la frecuencia de paso de los convoyes. Y, fuera de la hora punta, controlar la saturación real de los vagones: un vagón con todos sus asientos ocupados se debe considerar un problema a solucionar.
La materialización de lo que propongo sé que supone una inversión y un coste de mantenimiento brutales. Pero si realmente se quiere acabar con la congestión actual, alcanzar los objetivos de reducción de contaminación, etc., eso es absolutamente necesario.


 

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