Me han resultado muy interesantes las declaraciones de Carme Pinós a Llàtzer Moix que aparecen en el politica&prosa de julio/agosto, porque veo que da unas claves muy buenas sobre la situación de la arquitectura actualmente y, de paso, sobre nuestra sociedad actual. Destaco (traduciendo a mi aire) algún párrafo:
Se muestra Carme Pinós en primer lugar asustada por la triste competitividad (con ofertas a la baja, que han empobrecido a toda la profesión) a la que ha llevado la crisis económica y la pandemia. Eso, combinado con los efectos colaterales impensables de una aplicación estricta por parte de las instituciones de una reglamentación anticorrupción, ha generado un panorama en el que bastantes veteranos (pequeños y medianos) estudios han arrojado la toalla, cansados de hundirse en la burocracia y de ver que no pueden medirse con relación a los grandes estudios:
-“La mayoría de los que organizan concursos no te preguntan por los premios (que hayas podido recibir). Te preguntan más bien cuánto has facturado el año anterior. Esto favorece a los grandes despachos y perjudica a los que tenemos despachos más pequeños, de autor”.
-“Los pliegos de condiciones (para un concurso) son una locura, difíciles de gestionar cuando tu equipo es reducido” (lo que decanta la balanza hacia los enormes despachos, que -dice en otro momento- tienen un departamento dedicado a ello en exclusiva.
-“Noté tarde la crisis, porque cuando llegó tenía mucho trabajo. Fui haciendo como si no pasase nada un tiempo, pero luego vi que no llegaba trabajo nuevo. La Administración dejó de hacer concursos. Y cuando volvió a presentarlos, dio la impresión de que las adjudicaciones a la baja eran lo más importante. El mercado se endureció mucho. Los promotores privados también empezaron a hacer concursos, pues se dieron cuenta que de esta manera por el precio de un proyecto tenían diez.”
-“Los arquitectos trabajamos con nuestra sensibilidad, pero construimos los sueños de otras personas. Con tu sensibilidad das respuesta, pero previamente has de entender al cliente. Con los concursos no hay esta empatía ni contexto, ni diálogo, ni respuesta. No hay feedback. Lo que sí hay son espabilados que saben cómo ganarlos, a base de cuatro imágenes y con unos planteamientos banales.”
-“ Entiendo que las leyes se hacen para controlar a los delincuentes, pero a menudo parece que nos traten como delincuentes a los que no lo somos. (…) Una ley como la de Contratos del Estado nos complica mucho la vida a todos. Para hacer una pequeña reforma de un edificio que levanté yo misma me piden que haga otro concurso. Cuando el cliente es público, aunque la misma institución quiera que seas tú quien haga la reforma, puede haber inconvenientes. No tiene sentido”.
Y creo que podría haberse extendido algo más respecto a las subvenciones que se dan a proyectos de edificios que busquen la protección del medio ambiente y la sostenibilidad, pues me parece entender que ha visto que hay bastantes incoherencias, cuando no desastres relacionados.
No sé: lo leo como un ejemplo más de eso que veo cada vez con mayor claridad. Es necesario hacer leyes y reglamentos para evitar la corrupción y picaresca, pero la aplicación al pie de la letra de éstos en ocasiones cada vez más frecuentes ocasiona unos daños colaterales que pueden llegar a hundir del todo el barco. No tiene solución fácil, me parece.
La fotografía de Carme Pinós es de Xavier Jubierre, y aparece en el artículo de la revista, que puede leerse íntegramente aquí:

