Había leído mucho artículo para responder esta pregunta que se hace Le Monde Diplomatique de septiembre -¿Por qué han vencido los talibanes?-, pero todos señalaban poco más que por la existencia de un sistema oficial corrupto.
Se dedica poco a señalar la conocida enorme magnitud del desastre (“En consideración al gasto realizado, la empresa de ‘state-building’ fue una de las más ambiciosas desde la ocupación estadounidense de Japón y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. En la década de 2000, la totalidad del presupuesto del Gobierno afgano procedía de las entidades financiadoras; hoy -se entiende antes de la caída de Kabul- la proporción es del 75%. A estas sumas hay que añadir las decenas de miles de millones de dólares invertidas para financiar la policía, la justicia, el ejército y para la construcción de escuelas, hospitales, carreteras y edificios públicos”) para precisar principalmente el error de enfoque cometido.
Señala que “Afganistán fue presentado como un país de tribus, visión orientalista inspirada en la relectura de textos etnográficos del periodo colonial”. Que la “burbuja humanitaria”, compuesta por un “personal extranjero que rara vez hablaba las lenguas locales y vivía en enclaves al margen de la población afgana” obró “en descrédito de la presencia occidental”. Todo prestigio previo -añade- “fue dilapidado por una nueva generación de expatriados que trabajaban en la intersección de los negocios y de lo humanitario”.
La presencia norteamericana, continúa el artículo, impuso “un régimen presidencialista que marginó al Parlamento y a los partidos políticos”.
Y, lo definitivo, volviendo al principio: “la contrainsurgencia se llevó a cabo bajo el supuesto de que el movimiento de los talibanes estaba formado por decenas de grupos que luchaban por motivos tribales, étnicos o económicos”, cuando ha quedado demostrado que se trataba de un “movimiento centralizado y (que) lo sostiene una ideología estructurada”.
La “rotación regular de los cuadros de una provincia a otra”, la actualización de “un código de conducta por el que está prohibido robar, cometer actos de violencia contra civiles y ejecutar espías sin previo juicio (aunque esto no impida los crímenes de guerra…), la estabilidad que han demostrado durante las largas negociaciones, la expansión del poder de los talibanes por zonas alejadas de la inicial suya de los pastunes, contrastan con la organización apoyada por la coalición.
Una frase: “Negándose a cualquier discurso étnico, a diferencia de los partidos de Kabul, que cada vez operaban más sobre esta base, el movimiento se plantó como abanderado del nacionalismo afgano”.
Eso y la creación de una justicia (muy bestia, pero eso es otro asunto) “sencilla y eficaz” ha hecho que los talibanes “se hicieran populares en las zonas rurales: ‘Si fuera rico, apelaría a los jueces del Gobierno: basta con pagar y ganas. Pero si eres pobre, los talibanes son tu única solucion’, dice un usuario de este sistema judicial”.
