viernes, 23 de septiembre de 2022

Cerebro(s)

Ricard Solé, al inicio de la exposición.

No me atraen mucho las exposiciones de tema más o menos científico que organiza el CCCB: añoro las que dedicaba inicialmente a una ciudad ligada a un escritor. Pero si los paneles y cartelas de “Cerebro(s)” (hasta el 11 de diciembre) dejan entender ni que sea una mínima parte de las sugerentes historias que vertió ayer en su presentación Ricard Solé (UPF, uno de sus comisarios), habré de cambiar de opinión.
Efectuó a vuelapluma (y fueron dos horas) un recorrido muy selectivo, dejando al margen bastantes piezas de las expuestas y, por supuesto, las variadas filmaciones que se reparten por la planta. Quiere eso decir que deberé volver con tiempo, quizás más de una vez. Lo merece una exposición que habla de aspectos que nos tocan tan de cerca como nuestra auto-conciencia o nuestros sueños, que se hace (y responde parcialmente) las preguntas que lanza toda buena película de ciencia-ficción que se precie, que nos hace observar la inteligencia que se muestra por nuestro entorno (en el mundo vegetal y animal) y que inyecta un chorro de esperanza sobre la posibilidad de, gracias a los avances del conocimiento científico, frenar en seco en un próximo futuro terribles enfermedades.
Aún con riesgo de tergiversar, escribo por aquí y en los pies de foto parte de lo que anoté de entre lo que dijo:
Está dividida la exposición en tres espacios: materia (el cerebro en sí), mente y otras mentes (tanto máquinas como animales).
En el primer espacio se pregunta sobre cuándo surgió la mente humana, poniendo un fragmento de “La cueva de los sueños olvidados”, de Herzog, para indicar que cuando surgieron las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet ya estaba ahí.
¿En qué se distingue la mente humana? Pues en que somos narradores y viajeros del tiempo: podemos pensar en el pasado y en ciertas cosas del futuro. Podemos también reconocer las emociones del otro, ponernos en su lugar. Aunque ciertos simios se ha demostrado que también…
La mente humana -su cerebro- se extendió enormemente en un periodo de años. La ciencia y la técnica se pusieron luego en acción para estudiar el cerebro de los humanos de la época que les tocó en suerte.
Parece ser que, analizando el cerebro, es en el hipocampo en donde reside la memoria. Pero, curiosamente, no los dos últimos años. ¿Porque necesitan nuestros recuerdos consolidarse en ese periodo? -se preguntó Solé, transmitiendo su extrañeza.
En cada época el cerebro fue comparado a los avances tecnológicos. Cajal hablaba del telégrafo. Se ha comparado muchas veces con un ordenador, per éste actúa de forma secuencial, cosa que no es verdad para el cerebro.
La observación “científica” del cerebro humano llegaron por los siglos XIX e inicios del XX a aberraciones como la Frenología, llegándose a dar el caso de acusaciones de crímenes con la única prueba de la forma de una cabeza. Uno, obsesionado en encontrar claves de interpretación, se hizo con el cerebro de Einstein, lo partió en pedazos y envió cada uno de ellos a un científico. Todos dictaminaron que su trozo entraba dentro de los valores de normalidad, sin nada extraordinario.
En la sección de la mente, con un cierto disgusto por sus teorías, Ricard Solé tubo que reconocer que lo de la auto-conciencia empieza en Descartes.
Otra pregunta: ¿Qué es la realidad? O, dicho de otra manera: ¿estamos seguros de todo lo que vemos y sentimos? Una serie de juegos a mitad exposición nos harán ver reacciones impensables, que apuntan a poderes insospechados, del cerebro.
¿Por qué soñamos? La única respuesta a la que parece haber llegado la ciencia para este pregunta es que, en cualquier caso, soñar es necesario. Todo apunta a que los sueños se producen para eliminar y conectar elementos de la memoria.
Un punto espeluznante de esta sección fue saber que se había comprobado, con una serie de ensayos, que personas en estado vegetativo estaban en realidad conscientes. A cuantos se habrá abandonado a su suerte…
¿Podemos controlar el cerebro? Los avances de los últimos cien años en este campo son evidentes. Dos cosas fueron las que más me impresionaron. En una vitrina se exhibe un prototipo de casco que puede evitar los ataques de epilepsia. Por su parte, en un pequeño monitor, se muestra un señor con la enfermedad de Párkinson, perfectamente tranquilo, que en un momento dado se saca la batería que estimula su cerebro… y se pone a mover los brazos con los movimientos bruscos del Párkinson avanzado.
La sección de Otras mentes empieza de una forma inesperada, analizando las posibilidades de sentir de otros cuerpos.
¿Pueden crear las máquinas? En un espacio hay unas máquinas que aprenden a hacer, paulatinamente mejor, retratos. Una instalación de Joan Fontcuberta se basa en la existencia, ya hoy en día, de máquinas que pintan como Van Gogh o como quien sea. Están basadas en una red neuronal a la que se le ha enseñado muchos cuadros suyos, con lo que, enseñándole, por ejemplo, una fotografía de un paisaje, pinta un cuadro “suyo”… que él nunca antes había pintado.
Ricard Solé, que por lo que fue diciendo se mostró muy cercano a mis gustos -películas, música,…-, se confesaba escéptico con las posibilidades de este tipo de máquinas en emular a un artista… Hasta que oyó una composición “de Miles Davis” que le hizo hasta llorar de emoción. En Arte, pues, ya estamos en ese estadio. Parece ser que por el momento lo único que les está vedado a las máquinas de inteligencia artificial es el lenguaje. No saben construir una narrativa, una novela.

Un dibujo de Cajal. Solé lanzó, en el año de su centenario, una serie de elogios enormes a Cajal, precursor u visionario de la neurocirugías al que, dijo, nunca se le ha rebatido y se sigue citando hoy en día. Y, en cambio, sus cosas están en un estado de dejadez terrible.

¿Puede existir una mente sin cuerpo? Esta pregunta, tan típica de la ciencia-ficción-, surgió en varios momentos del trayecto. No hay una respuesta concluyente, pero Solé avisó siempre de que el cuerpo, por una serie de evidencias, es mucho más relevante de lo que parece.

Coloreando las áreas de actividad del cerebro ante diversos estímulos. Pero eso de que pueda hacerse no debería llevar a la Frenología…

La relación entre la mente y el lenguaje y la posibilidad de separación entre ambos. Un campo para seguir estudiando…

Me hizo una ilusión grande ver en un monitor a Joaquín Jordá, tan sonriente, una presencia tan familiar que parecía que ibas a poder hablar con él. Es una escena de una de sus últimas películas, sobre la Afasia.

Diferentes visitantes han colocado su ficha con su primer recuerdo en un eje temporal. Hay uno que habla que recuerda su propio nacimiento. El pico se da a los tres años. Solé comentó que le sabía mal para quienes hubieran hablado de recuerdos previos, pero no es verdad. Todos los recuerdos anteriores a los tres años están borrados de nuestra memoria, aunque no se sabe por qué. Me dejo un poco chafado. Yo siempre sitúo mis primeros recuerdos, muy vividos, en el Valle de Arán, a los cuatro años, pero tengo un recuerdo extraño durmiendo en mi cuna, en el dormitorio de mis padres, lo que no podía ser sino a los dos años o antes…

Terrible: se trata de paulatinos autorretratos del artista Utermohlen, enfermo de Alzheimer. Para compensar el mal trago, indicó que se ha descubierto también Alzheimer en los análisis de personas muertas -por otra causa- pasados los cien años. Desarrollaban una gran actividad intelectual. Comentó que conviene ejercitar siempre el cerebro y que para ello, no hay que hacer enormes cosas: basta con leer.

La mano derecha de la chica de la camisa de topos no es su mano, sino una mano de goma. Ahora la otra chica lo hace mal, pero si siguen bien las instrucciones, estimulando los mismos puntos en ambas manos, la chica de la camisa de topos llegaría un momento en que sentiría el roce de la mano de goma como si se tratase de la suya propia. Éste es uno de los juegos de la sala que se cuestiona de qué realidad es de la que hablamos, qué es real y qué no… 

Un robot imitando a otro en un espejo. Un homenaje a los Hermanos Marx, explicó Ricard Solé.

En un vitrina una telaraña. En las telarañas la araña tiene un sensor extremadamente sensible, que le da una información muy buena sobre el tipo de presas que han caído en su red. Como si hubiera colocado su cerebro fuera…

Ya llevo un tiempo oyendo que el pulpo es un animal muy parecido a nosotros los humanos. Cada brazo suyo es como un cerebro. Sus ojos tienen un fundamento muy similar a los nuestros y, de hecho, en varios aspectos los mejoran. Es muy inteligente, podemos comunicarnos con él (recuerdo una película al respecto…). Después de saber todo eso, a ver quién tiene ánimos para comérselo a la brasa con puré de patatas, o a la gallega…

Un apartado de la exposición habla de los cerebros líquidos de las colonias de animales (hormigas, termitas,…). Se puede decir que tienen una inteligencia colectiva Esto es una obra del artista Xavier Bou. ¿Quien no se ha detenido a mirar las evoluciones de una colonia de estorninos? Su fuerza es colectiva. Ante la llegada de un depredador, como un halcón, la colonia entera reacciona. Hace un hueco por donde va el halcón que no sé muy bien si es para evitarlo o bien para hacerle ver que el conjunto es un monstruo muy superior a su tamaño y puede llegar a comérselo. Funciona.

Estorninos Xavier Boix. Frente a depredador.

Una última imagen. Se trata de un Physarum. Aunque parezca una coliflor y es casi de su tamaño, es de estructura (o así lo entendí) celular. Un núcleo y unas fibras alrededor que le llevan a donde hay alimento. No sabéis los experimentos que han llegado a hacerse con él. Sabe, por ejemplo, encontrar el camino más corto de salida de un laberinto. O ha reproducido el mapa de carreteras de un determinado territorio, corroborando su perfecta ideación.
 

Viendo tenis en la tv

Ayer, cansado de empezar a ver películas ecologistas que iba abandonando una tras otra al notar que no podría resistir su lección a base de ...