Junto a San Nicolás (después de haber recorrido la calle Conde de Gondomar)
No me gustan los villancicos, y menos donde vivo. Aquí, cuando se oyen, suelen corresponder a voces de niños aflautadas y penetrantes, que repiten una y otra vez el mismo sonsonete de tres o cuatro canciones, que son las que se conocen. Recuerdo una vez que fui -ya sé: una temeridad que nunca debía haber afrontado- al Centro Comercial La Maquinista, cuando hacía poco que se había inaugurado. Se acercaban las fechas de Navidad y, pese a que era temprano y no había gente, e iba soportando más llevaderamente de lo que pensaba la apuesta, porque la retahíla de locales comerciales se iban pasando por unas terrazas al exterior, sin techo alguno, empecé a ponerme nervioso. Por los altavoces sonaba sin interrupción un coro de niños entonando villancicos para fomentar el consumo. Una terrible encerrona, que hizo que casi me estallara la cabeza.
Por eso me sorprendió, y muy agradablemente, los que se oían a la que se ponía el sol por calles y plazas céntricas de Córdoba -y luego también, pero menos, Sevilla-. No era música grabada, sino en vivo. Y no de gente que se dedica a ello, sino alegres grupillos de adultos (tirando a mayorcillos, no escolares obligados) que con el color de alguna prenda como elemento más o menos uniformizador, Iban yendo por las calles y plazas, se paraban en un rincón y arrancaban a tocar, cantar y -si se terciaba- a bailar, congregando a un nutrido grupo de espectadores.
Plaza de las Tendillas.
Calle Cruz Conde esquina con la Ronda.
Ya en Sevilla
Sevilla.
Ahí, en esa calle de Sevilla, como se ve, ya son niños, y además sospechosamente uniformados. No nos quedamos.
Sevilla.
Y más Sevilla.


















