Pues mira, que yo también quiero hablar de la ceremonia de los juegos. ¡Toma!
No vi nada, ni el más mínimo cachito, en directo, pero sí fui leyendo comentarios por aquí, a cada cual más explosivo, a los que la gente se iba sumando como en onda expansiva. Horterada, muermo, ridiculez supina… los calificativos fueron sumándose y ampliándose.
El primero que me hizo ver una primera opinión contraria a la mayoritaria fue Palet Palots, que colgó el vídeo de YouTube con el fragmento del número del Pont des Arts. Confieso que me pareció inicialmente el retrato de todo lo que había podido ir leyendo. No conocía a la se ve que figura enormemente popular del lado del Louvre y no me gusta, y más bien detesto, el tipo de canción y bailes que encarna. En el lado del Institut de France, la banda de la guardia republicana, pero que cuando se entrelazaron con los bailarines del otro lado me dio la impresión de ser de un número de comedia musical norteamericana actualizada… Pero si se trata, como luego entendí, de un palmetazo en la cara a la ultraderecha, bienvenidos sean.
Luego, esta mañana, los titulares de los periódicos no iban en absoluto en la dirección que señalaban mis amigos de Facebook, con el extremo de la enorme alabanza de Le Monde, que además citaba que los diarios de todo el mundo saludaban en sus primeras planas a una ceremonia grandiosa.
Pues venga: me he puesto esta mañana a ver yo la ceremonia, pero con la ayuda de un magnífico avance tecnológico: si me llegué a aburrir de lo lindo tras ver en directo un poco de las regatas históricas de Venecia y si sé por experiencia propia lo pelmazas que se hacen las travesías en barco por lagos y ríos, tenía claro que no habría aguantado ni quince minutos en las orillas del Sena, y menos bajo la lluvia. Pero la televisión permite ahora ver un programa así, retransmitido en directo el día anterior, pasando rápido aquellos trozos que no soportes. Eso he hecho, lo advierto, con casi todos los números musicales, consciente de que yo ya no soy de ese mundo.
Contrariamente a lo leído, me ha gustado ir viendo, una a una, las representaciones olímpicas de cada país. Me ha recordado las colecciones de sellos de mi padre, con nombres de países a los que veía por vez primera nombrar. Cantidad de países de Oceanía y el Caribe que no sabría situar en un mapa han aparecido también ahora por las barcas.
Igualmente interesantes las alteraciones del mapa político que comporta la procesión de banderas. Países que no son independientes que tenían su sitio como si lo fueran, la permanencia de Hong Kong en el candelero, que no se cómo debe sentar en Pekín, y todo con el colorido de los trajes y banderas de los países africanos.
Vamos, que me han recordado la parte más vistosa de esa ceremonia que nos endosaban por la tele cada primero de mayo: cuando en la “fiesta de los trabajadores”, organizada por los Coros y Danzas de la Sección Femenina, desfilaban los atletas de “las provincias de ultramar”.
Y una cosa que no he logrado discernir. Vale que el barco con los atletas franceses fuera el que pasase en último lugar, como organizadores de la cosa, pero ¿qué hacía ahí, justo antes, el de Estados Unidos como inmediatamente anterior, si ya puedes poner el orden según su traducción en francés, que ese no era su sitio? Lo veía como un sometimiento y acto de pleitesía más, pero justo antes circulaba el de Australia…
Si las novedades de la tele permiten ese beneficioso paso rápido de las imágenes, desgraciadamente no estaba operativo el sonido original. Por una parte, debían haber impedimentos físicos para el sonido directo (el ruido de las barcas, la distancia,…). Por otra parte, ya podías cambiar de audio, como felizmente vi era posible en las retransmisiones de Wimbledon: me he tenido que tragar la revisión con los comentarios de los dos comentaristas patrios, aunque eso también aportaba una cierta diversión. Uno se veía añorarte del mundo colonial y otro tenía una tendencia grande hacia el de la Hispanidad.
Del resto de la ceremonia, ya en su parte final, aunque ciertamente muy alargada, una advertencia: la cabalgada en ese desarticulado caballo a lo que más me ha recordado es a la de “El triunfo de la muerte”. Esperemos que no sea premonitorio.
Y ya sólo decir que las zapatillas de Nadal me han parecido horribles. Y que lo del globo, al que Perez Andújar, brillantemente, le ha sacado una correspondencia con un grabado de Odilón Redon, bien. Y, como también me gusta París, el Sena y tal, pues también bien: le han sabido sacar provecho.
Ya abro la oficina de reclamaciones, para lo que gusten, aquí abajo.




