Puede uno mirar este busto, que encontré hace un par de años en Vic, y pensar que se trata de lo que aparenta: una figura religiosa, una santa cuyo nombre se ha perdido junto a sus vestidos y entorno. Pero -y ahí está la cuestión- puedes acercarte a él con otras muchas interpretaciones.
Me llegan por el rubor de esa mejilla, incluso por esa marca del cuello, seguramente circunstancial. Pero sobre todo es por ese gran ojo, que hace que, en comparación, todo lo demás -el otro ojo, la boca, la oreja- den la impresión de pequeños. Mira hacia el suelo, diría que no por pudor, sino por un sentimiento pesaroso y profundo, que le ha llevado hace poco hasta a llorar, como indicaría esa sombra sobre su párpado inferior. Ahora ya no llora, eso ya pasó. Pero el vendaval ha dejado ahí una tristeza que queda como un poso, un lastre del que no crees llegue nunca a desprenderse.
