Son tantas las señales, que me extraña que nadie salga a argumentar en contra.
Leyendo las últimas entradas de los cuadernos perdidos del Japón, de Patricia Almarcegui, me llega la última:
“El problema de la economía está en la demografía. Jamás ha sucedido algo así. El país perderá un tercio de su población en cincuenta años”.
Es
igual que se refiera -presumiblemente- al Japón, con una población envejeciéndose a ritmos agigantados, porque al parecer todos ven la disminución de la población como un problema. De ahí esa medida del gobierno chino fomentando que los matrimonios apunten al tercer hijo o -sin entrar a repasar todas las otras barbaridades que supone- esa oferta de Isabel Díaz Ayuso de dar directamente dinero a las madres blancas y jóvenes.
Poco importa si la densidad del Japón sea ya actualmente de 334 habitantes por kilómetro cuadrado, si la población china alcance ahora la bonita cifra de unos 1.400 millones de habitantes o si la ciudad de Madrid ya vaya a la cabeza en habitantes, capacidad financiera e industrial de toda España, chupando de todo su cada vez más amplio alrededor.
Quizás la escritora habla no por ella, sino por los temores mostrados hasta la saciedad por los vigilantes del paradigma actual de la economía de mercado, celosos ellos de un suicida crecimiento imparable.
Todos tienen en mente que la máquina necesita cada vez más madera para seguir produciendo y parecen no preocuparse demasiado de que nos estemos quedando sin bosques para su extracción.
Con mirada de conmiseración si pones una mínima objeción al razonamiento te dirán que -tomemos el caso de China, con su política reciente de incremento de la población, después de haberla contenido con acierto, o mejor del Japón- conviene tener mucha gente joven nueva para trabajar y pagar que puedan seguir viviendo los viejos que van a ser mayoría. Pero eso ¿no es la huida hacia adelante? ¿No necesitarán esos nuevos habitantes a su vez más nuevos nacimientos para que se les ofrezca a ellos mismos otro tanto? Con la concentración de la población en la línea sur costera del país, ¿ya podrán vivir ahí apelotonados?
¿No quedamos en que la automatización e incluso la digitalización iban a hacer -ya está haciéndolo desde hace tiempo- que sobren trabajadores, que mucha gente ya debería ir contando en dejar de pensar en encontrar un trabajo, y más si está mínimamente remunerado?
Por el contrario, ¿no es la concentración y aumento de población uno de los más dramáticos problemas con los que nos hemos de enfrentar? Si alguien no está convencido, que mire los nombres de las 100 ciudades más pobladas del planeta (se llevará alguna sorpresa) y luego investigue cómo vive la gente en ella, como pueden -si pueden- desarrollar la vida en ellas.
Jordi Pujol -y sobre todo su mujer- también era partidario de fomentar la descendencia de los catalanes de ocho apellidos, para así en el futuro no dejar diluir la esencia en medio de una inmigración constante. ¿No habría llegado la hora, pues, al contrario, de parar un poco los excesos natalicios y concentrarse en lo que realmente importa: una buena distribución de la población, recursos, etc.
Ahora que vuelven a venir los cruceros, aunque aún sea con medidas algo descafeinadoras, sería buen momento para ponerse a ello. Si alguien no piensa en este sentido, le puedo obtener una visita, una noche cualquiera, a casa de unos amigos que viven en el Passeig del Born. Quizás esa masa de beodos celebrando su Libertad les pueda hacer recapacitar.
(Me he despistado y ahora no sé encontrar de donde he sacado la imagen para acompañar estas parrafadas soltadas así, como cañería rebosante de agua)