Semana de funerales. Se iniciaba el lunes con uno al que no pude ir, pero que tengo, junto a su lúcida y emotiva despedida, presente para siempre, al habérmelo explicado mi amigo (que lo había organizado él mismo en todos sus detalles) justo el día anterior al de su fallecimiento.
Hoy otro en el mismo sitio, de una amiga íntima de mi madre, con la que desaparecen definitivamente para mí todos los restos de su generación. Era muy mayor y ya habían muerto todos sus amigos. Al tanatorio, prácticamente vacío, sólo ha acudido su familia más directa. Hijos y nietos llegados de Estados Unidos, China, Alemania, Italia, País Vasco y alguna localidad más cercana llenaban las dos primeras filas. Los demás cubríamos a duras penas la tercera de un oratorio (así la llaman) enorme.
Extraño efecto ese de tener una familia desparramada por todo el mundo. Quienes se van por trabajo o lo que sea se dice que tienen ganas de volver cuando ven que va quedando poco tiempo. No siempre, y éste me parece que es uno de estos casos. Vínculos que, pasado el tiempo, se harán, falta de presencia, humo.
Día lluvioso y gris, al salir me he puesto a contemplar desde la solitaria parada del bus la ciudad y el mar, entre brumas.
(La foto del tanatorio de Sant Gervasi no es mía ni sé quién la hizo. Estaba colgada en una noticia de El País)


