Rosa Maria Fernández, que vino ayer De Santiago de Compostela, donde da clases en la Universidad, me ha explicado a la salida una cosa significativa, que describe bastante bien el mundo de fuegos artificiales en el que vivimos: fue a dar una vuelta por librerías de Barcelona, buscó y preguntó, pero en ninguna le supieron encontrar ningún libro -ya no digo que tuvieran alguno destacado en un atril, para la ocasión- sobre Joan Guinjoan. Mientras tanto, todos estos días la
muerte del músico ha sido noticia destacada en televisiones y diarios, que han glosado su biografía y han hablado de la dolorosa pérdida de un nombre ya inscrito en las páginas de la historia de la cultura de por aquí.
Lo de las librerías me lo decía, sorprendida y decepcionada, a la salida del funeral que se ha celebrado hoy, a primera hora de la tarde. Yo comparaba éste con el de una amiga de mi madre, fallecida hace poco a la misma edad que Guinjoan, y la diferencia de asistencia era brutal. La sala grande del tanatorio de Sant Gervasi casi vacía para ella, la sala grande del de Les Corts llena para él. No es que la amiga de mi madre no estuviera muy bien relacionada, que lo había estado. Es que con la edad casi todas sus relaciones ya habían dejado de existir, a lo que sumar el efecto de la dispersión de sus hijos y demás familia. En el caso de Guinjoan queda la música y todos los engranajes que tienen a la música como pieza fundamental y, por otra parte, está también eso de que ahora se le nombre como una “patum cultural”.
Por ese motivo Les Corts estaba lleno de músicos, pero también de autoridades de diferentes niveles. Estaba, por ejemplo, la Consellera de Cultura, paseando su habitual mariposa amarilla en la solapa y su sonrisa. Me temo que cuando uno acepta un cargo público de este tipo debe aceptar de forma implícita que buena parte de su dedicación se encauzará por actos de representación como éste.
Ha sido un funeral laico, pero que no ha llegado a lo emotivo -encuentros personales al margen- que me han resultado este tipo de actos en otras ocasiones, en los que por desgracia voy acumulando experiencia. El primero en dirigirse al público reunido en la ceremonia ha sido François Guinjoan, su hijo (único) que, como nos pasa a muchos, involuntariamente se va pareciendo cada vez más a su padre. Lo ha hecho en los tres idiomas que hablaba el homenajeado: francés (ha empezado con un “à bientôt, papa!”, y luego se ha dirigido también a su madre, francesa de nacimiento), español y catalán. A continuación lo han hecho el actual alcalde de Riudoms, su pueblo natal; Josep Pons, director de la orquesta del Liceu (que ha señalado cómo le habría gustado a Guinjoan ver tanto compositor en la sala); Víctor Garcia de Gomar (director del Palau de la Música, quien ha buscado arduamente y ofrecido finalmente esa imagen de que la tierra labrada de Riudoms fue su primer pentagrama); para acabar de nuevo con François, quien ha revelado la conversación que mantuvo con su padre en el hospital, dos días antes de su fallecimiento y, como él no lo hizo, ha seleccionado una pieza para concluir el acto.
La composición que ha escogido, de entre el centenar que se ha dicho que compuso, ha sido GIC 79. Debería ir a mirar si se trata de una pieza corta o si sólo se ha oído por los altavoces un pequeño trozo, que ha sonado -y lo digo con sinceridad- a poco. Quizás François no ha querido impacientar a los que se han desplazado hasta ahí, pero no debería haber tenido ningún miedo de que eso pasara. Me ha parecido una pieza de una luminosidad enorme.
La música de Guinjoan ha sido premiada con un aplauso de los asistentes que, de forma inevitable, ahora que se estila tanto eso, se ha prolongado un buen rato, esta vez ya dirigida a su creador. Pero él ya no podía oírla.
(En la foto aparece Guinjoan en su casa de Ruidoms, en 1997, intentando encender un fuego. Creo recordar que, tras varias discusiones, tuvo que acudir a solucionar la cosa su mujer, Monique)