Algunos seguíamos considerando ciertas cosas de esto del Facebook como una especie de buena tertulia, a la que, con mejor o peor pata, cada uno acude con ganas de explicar algo que ha experimentado, a ver lo que dice aquella persona que tanto te divierte o te hace aprender y a la que ya consideras amiga y, si se tercia con lo que explica, comentar algo parecido que te sucedió el otro día,… Cosas así.
En esa a la que podría seguírsele dando el nombre de comunidad, me sabe mal haber quedado como un maleducado. No por no hacer lo que veo hacen otros sistemáticamente, sin mostrar el mínimo cansancio, de darse los buenos días y las buenas noches diariamente, que a mí me parece algo excesivo y algo pesado, pero sí por haber dado, con toda seguridad, la impresión de un maleducado, de haberme, por un lado, despedido -como la tortilla- a la francesa y, por otro lado, dejando pasar muros admirables, que contenían cosas puestas con cariño, esfuerzo o mérito que, habiéndolos visto y habiéndome gustado, los he dejado pasar no ya sin un comentario, sino sin siquiera dejarles ese primigenio “me gusta”, que sigo empleando cuando aprecio lo que veo o me parece de interés o, simplemente, quiero comunicarle que he leído lo que me dicen.
Pues bien: quiero con esta entrada pedir perdón por ese comportamiento, que no ha surgido ni de despiste del algoritmo ni de mí, sino que ha sido impuesto por la autoridá. Me explico.
Hace ahora exactamente tres días, acababa yo de dar los últimos retoques a una cosa larga (eso de la debida brevedad como adecuada para el FB cada vez, como puede verse, la incumplo más, lo que redunda en ir perdiendo tertulianos: yo me lo busco) sobre un libro que había acabado de leer y cuando, contento por haberlos terminado, le doy al “publicar”, resulta que surge por ahí un mensaje diciéndome que no puedo publicarlo, por estar bloqueado, y me aparece en la tableta una imagen de las que había incluido hacía el día anterior exactamente cuatro años en una crónica sobre una estupenda película -como todas las suyas- de Antonio Reis y Margarita Cordeiro que había visto en el Xcèntric y se me ocurrió copiar en un grupo FB de cine donde, de vez en cuando, publico cosas.
La imagen en cuestión venía acompañada de una advertencia: que infringía las normas internas de la comunidad, y especificaba que porque comportaba desnudos o atentaba a la protección de la infancia, o algo así. Fue en ese momento en el que me di cuenta que sí, que esa inocente imagen mostraba, en la alfombra de una habitación, a un niño y una niña de unos tres años jugando y el niño no enseñaba ni su pito ni su culito, pero efectivamente se podía apreciar que no llevaba ropa.
Tras la sorpresa, debo decir que la cosa me sonó a “déjà vu”: hace un tiempo me pasó otro tanto con la crónica de la también estupenda “Gente en domingo” (Edgar G. Ulmer y Robert Siodmak, 1930), uno de cuyos fotogramas comportaba un picnic familiar junto a un lago en el que un crío de calculo cosa de un año y medio, no llevaba bañador. Entonces me ofrecieron admitir la culpa o protestarla y me lancé a intentar hacer entrar en lo que yo pensaba era el sentido común. Di las mil vueltas con recorridos en bucle para dar con alguien humano que atendiera a mis razones, pero fue imposible, acrecentado por la hipocresía de decirme, superados innúmeros filtros, que mi revisión del caso por un consejo no estaba garantizada por, literalmente, andar escasos de personal por la pandemia, cuando ya hacía meses que la pandemia no limitaba nada. Al cabo de un día o dos, me escribieron diciéndome que habían decidido que mi caso no iría al consejo y que mi expediente (tres días de bloqueo sin poder actuar en la aplicación) seguía adelante.
En esta ocasión, con gran vergüenza por admitir la culpa de haber colgado una imagen que considero totalmente inocua para no pasar por todo el recorrido anterior, y pensando que entonces me rebajarían la pena de tres días a únicamente la de no sacar la imagen en cuestión, cedí a no protestar, acatar y “no poder reclamar nunca más”. Fue una vergonzante claudicación nada rentable: la imagen fue, desde luego, apartada por la censura, pero fui igualmente expedientado tres días, hasta ahora.
Todo esto acrecienta mi cada vez mayor impresión (que lleva, desde luego, a la inacción) de los daños colaterales -cuando no las consecuencias desastrosas- que comportan reglamentaciones posiblemente efectuadas con buena intención, y no digamos ya las efectuadas con ganas de sólo aparentar, en vez de realmente intentar reconducir algo. No sé, podemos hablar de la Ley del “sí es sí” o de la obligación de las entidades bancarias de hacer rellenar a sus clientes unas engorrosas encuestas para cada paso que quieran dar. Hay muchos más ejemplos, que cada uno sabrá encontrar sin dificultad.
Hay quien me afea que sigo colgando por aquí fotos de cosas que me gustaron de viajes efectuados a Génova o a Sussex el año pasado o a otros lados más atrás, pero es que con sanciones de éstas, además del mosqueo que te provocan, el retraso se incrementa horrores. En el ínterin de estos tres días ya he visto una película, asistido a una interesante conferencia y visto una exposición, además de captadas cosas curiosas en unos edificios mientras paseaba por la ciudad, que quería compartir por aquí, y lo haré todo con retraso . Me cantarán, con razón, aquello de “Tu amor es un periódico de ayer”…
Para poner una ilustración para ésta filípica algo desesperada y totalmente inacabable, tras mirar con detalle que no hubiera un pecho que se escapase de su sitio ni nada parecido, he optado por colgar una foto de autoría desconocida, sacada de un muro que se llama algo así como “cafés antiguos de Madrid”, que me ha aparecido por la red buscando imágenes de tertulias.

