La capital del mundo que quería construirse
¿Alguien ve un final aceptable por ambas partes a la guerra de Ucrania? ¿Pararán algún día las graves tensiones, dentro de los territorios respectivos, en Azerbaiyán y Armenia? Podríamos seguir la lista de insidiosas preguntas de éstas, pues no hay lugar en el mundo en el que no se den problemas de éstos de convivencia entre vecinos, cada vez más acentuados, con “soluciones” de separación por comunidades teóricamente, que no científicamente, diferentes entre sí.
Mirado fríamente, así a imposible distancia, la única forma sería lograr una pertenencia superior común para las diversas partes en litigio. Por algo parecido, para que no se volvieran a matar alemanes y franceses, surgió la Unión Europea, que aún ahora se vende como remedio para los males autodestructivos de los Balcanes.
Seguro que alguien esbozará una sonrisa ante tanta candidez, pensando en los fracasos estrepitosos de la Sociedad de Naciones y la ONU, como antes parece que fue la URSS o Yugoslavia. Pero o se trabaja para algo de ese estilo, me da la impresión, o vamos a acabar como el rosario de la aurora, que se ve que fue a palos y arrojando y recibiendo objetos de lo más contundentes.
Viene esto a cuento de que acabo de leer en un Le Monde Diplomatique antiguo -de septiembre-, que se me había quedado por leer, un artículo muy curioso -“Los pacifistas y la capital del mundo”, de Jean-Baptiste Malet- que, después de hablar de la idea surgida de un Repertorio Bibliográfico Universal, que había de facilitar el conocimiento de científicos de cualquier parte del mundo para la tarea de progreso global que tenían encomendada, lo que iba a redundar en una paz y socialismo universal, se centra en el papel que tuvo entonces (estamos hablando de 1913) Bruselas y el rey Alberto I.
Otros tiempos, que desembocaron en la I Guerra Mundial y la revolución soviética.
Los primeros ficheros del Repertorio Bibliográfico Universal.
Paul Otlet



No hay comentarios:
Publicar un comentario