Esta semana ha aparecido por la red el número tres de la revista de descarga gratuita “La Ignorancia”. Y justo ahora he leído en un “Le Monde Diplomatique” antiguo (mi especialidad de los fines de semana) un artículo que habria ido de maravillas para complementar las variadas colaboraciones que acudieron a la llamada del sugerente tema del número dos de la publicación, “Sueños”.
El artículo en cuestión (“Al asalto del sueño”, de Jonathan Crary, Le Monde Diplomatique, Junio 2014) hace un repaso muy interesante a lo negativa que se consideró esa necesidad de dormir que interrumpe periódicamente la “vida activa” (Así, habla de Hume mencionando “entre otros, el sueño, la fiebre y la locura como ejemplos de obstáculos para el conocimiento”). Comenta también que el sueño era una de esas cosas que imponía “su idea de necesidad humana”, sin que, como han ido haciendo otras de ellas (el hambre, la sed, el deseo sexual o hasta la necesidad de cariño) pudieran ser “transformadas en formas comerciales o financiadas”, de las que no se podía extraer valor, vaya. Que incluso las empresas veían claro, para mantener su productividad, que debían conceder a sus trabajadores un buen tiempo de descanso. Hasta ahí bien.
El texto da una información más. Señala cómo ahora un adulto occidental duerme un promedio de 6,5 horas, mientras que la generación anterior lo hacía durante ocho, y a principios de siglo lo hacía diez horas. Algo pasa. Y Crary, autor de un libro definiendo al capitalismo actual, ya sin barreras, buscando un universo 24/7, 24 horas al día y 7 días a la semana, da un paso más, y avisa de un decidido empeño para atacar de raíz ese obstáculo que aún parecen ser las horas de sueño. Igual que se difuminan las fronteras que separaban el tiempo laboral del privado (y ahí el móvil –digo yo de mi cosecha- ha sido un instrumento fundamental) se están viendo líneas de fractura evidentes sobre ese tiempo reservado que antes tenía el sueño: “El número de personas que se levanta por la noche para consultar sus mensajes electrónicos o acceder a sus datos está creciendo de manera exponencial”; “las expoliaciones de las que es víctima el sueño crean las condiciones para un estado de insomnio generalizado, donde la única opción que queda es comprarlo” (uso exponencial de somníferos).
Y explica algo que produce escalofríos: “El Departamento de Defensa de Estados Unidos ha destinado importantes sumas al estudio del gorrión de gargante blanca, (…) que posee la capacidad de quedarse despierto hasta siete días seguidos en periodos de migración. Tal comportamiento de temporada le permite volar o navegar de noche y buscar alimento durante el día sin tener que descansar. (…) Investigadores de diversas universidades (…) han recibido financiación pública para estudiar la actividad cerebral de estas aves en sus largos periodos de privación de sueño, con la ambición de obtener conocimientos transferibles a los seres humanos. El objetivo (de estas investigaciones) es crear un soldado que no duerma”. Como bien dice el autor, los inventos militares tienen una correlación inmediata en el mundo del trabajo o el consumo…
(La imagen es la de “El sueño de Jacob” –José de Ribera, 1639, El Prado- tal como aparece en el número citado de “La Ignorancia.)

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