Todas las cosas ideadas, por muy buenas que en principio sean, tienen siempre consecuencias inesperadas nefastas. Este pensamiento tan negativo, pero a tener en cuenta cuando se planifica algo ilusionante, va cobrando fuerza con el tiempo en mi cabeza.
En semana santa del 2009 fuimos con la Societat Catalana de Geografía a las Azores. Un catedrático que tenía a su cargo la gestión de urbanismo nos hizo un recorrido extraordinario por la ciudad de Angra do Heroísmo, en la isla de Terceira, bajando desde su punto más elevado hasta el mar. En un histórico jardín nos sentamos a descansar un momento y, ansioso, con la inocente expectativa de obtener ideas provechosas, nos explicó que estaba analizando convertir el centro de la ciudad en peatonal, pero que su ciudad estaba en una isla sin ningún tipo de transporte público operativo, y no disponía tampoco de terrenos en las afueras, en los que establecer parkings disuasorios, por lo que no sabía qué hacer, y nos preguntaba cómo le sugeríamos que actuase. Ni que decir tiene que todo el mundo se lanzó a hacerle un panegírico sobre las bondades de sacar a los automóviles de la ciudad, sin aportarle ninguna vía práctica para conseguirlo sin destrozar la economía y funcionalidad de la ciudad. Yo ahora, realmente, me temo que hasta le habría prevenido sobre que esa peatonización podría ser el peligroso inicio de un nefasto proceso de musealización.
En la foto (que he sacado de www.llunchnet.com), la Plaça Cucurulla de Barcelona. Medio escondida, debajo de esas jardineras, hay una placa dorada con la huella del pie de Pasqual Maragall. Está puesta en ese punto en conmemoración de que ahí arranca la primera calle que se hizo peatonal en Barcelona, por los años 80. Ahora, cada vez que paso por ahí (no es una calle muy agradable, porque está siempre llena de viandantes, recorriendo todos sus almacenes de ropa, muy masivos), le hecho una amarga mirada, y me pregunto si de esos polvos no vinieron esos lodos.

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