El Método dialéctico infalible de Pere Portabella, mi director y Manuel Sacristán
La primera vez que observé –y me maravillé- de la estrategia fue con Pere Portabella, en tiempos de arduas discusiones dialécticas. Era una sesión sobre nuevo cine independiente madrileño, y sus realizadores, dispersos por las primeras filas de la sala, se enzarzaron en una buena refriega, mientras que Portabella, sentado en las últimas filas, a muchas butacas vacías de distancia, los dejaba hablar. Cuando ya todo había sido dicho y refutado, pidió la palabra, y se lanzó a un discurso que marcaba de forma aplastante cuál era “el camino correcto a seguir”.
Volví a ver empleado el procedimiento en mi empresa. Mi director permitía, y hasta más bien fomentaba, que los asistentes a la reunión se lanzaran los trastos a la cabeza, dejando en evidencia todos los puntos débiles de las propuestas de sus contrarios. Dejaba hablar a todos hasta que al final arrancaba él recogiendo su opinión, apoyándose en todos los argumentos que no habían sido previamente pisoteados. Eso lo había sacado –me decía yo, recordando lo de Portabella- de un curso de formación bien aprovechado.
Ahora veo que Josep Maria Castellet, en su “Seductors, il·lustrats i visionaris” (Edicions 62, 2009), para decir que Manuel Sacristán empleaba este método infalible (para personas, es cierto, con autoridad previa ganada a pulso), utiliza lo que en su día, aunque entonces no reparé en ello, escribió Carlos Barral en sus memorias: “(…) dejaba al principio hablar a todos, aguardando un turno semifinal para exponer la correcta doctrina. Y, en la exposición, hacía uso de una trampa generalmente infalible. Citaba deformando a fondo y mirando cómplicemente a los ojos del autor, (…) Como en el fondo se ha dicho… por este procedimiento se ganaba la adhesión incondicional y aseguraba la razón a su favor.” Castellet otorga, si bien matiza que la frase que en realidad decía Sacristán era “Como muy bien ha dicho”, y añade que completaba la cosa con un “esmaltado con citaciones fulgurantes de autores de efecto infalible, porque eran griegos o alemanes que la mayor parte de nosotros desconocíamos.”
J. M. García Ferrer


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