Voy a una reunión en la Sala de Juntas de la Associació i Col·legi d’Enginyers. Tomo asiento y viéndolo mejor que lo que refleja la foto, porque el ojo humano no queda tan afectado por la luz que entra por sus vecinos balcones, topo con esa frase tan mona que cubre la pared de enfrente mío.
No puedo con ello. Las empresas y las instituciones se llenan de y divulgan frases similares, que van contaminando la vida de todo el mundo.
Si pregunto a un responsable de la casa, como hice seguramente en un tono demasiado airado y maleducado en cuanto me crucé con él, me responde que se debe a la entrada de generaciones más jóvenes, que quieren con ello lograr el objetivo de estar presentes como colectivo y de llegar a influir en la sociedad.
Cometen, creo yo, un error múltiple:
-No tendría sentido ponerla ahí, dado que es un entorno privado, sin apenas proyección exterior.
-Estas cosas tienen un coste, que podrían dedicar a otras partidas realmente necesitadas.
-Si alguien externo lo lee, lejos de abrirse y acudir rápido a las oportunidades ofrecidas por la casa, seguramente pensarían -yo lo hago- que los que así se expresan son unos prepotentes y arrogantes con los que mejor es no tener demasiados tratos.
-Si está escrito para los del interior, llegas a la conclusión de que son gente de débil carácter y convicciones, que necesita estímulos de estos para llegarse a creer lo que la frase divulga.
Es verdad que se ven frases de este estilo por todos lados. Pero no veo por qué seguir un camino que sólo hace que afear y contaminar. Te dicen que no pasa nada, que se dicen estas cosas porque han de decirse, que la gente ya sabe de que va el percal y no molestan. Pero no es verdad. Si yo busco una ferretería, quisiera que el local se identifique como tal, pero me sobran panegíricos de lo buenos que son para con el medio ambiente y la sociedad. Se habrán ya incrustado y será difícil erradicarlas, pero la estupidez, la bravuconería, la presunción, todo eso hay que combatirla.
Aún si alguien me convenciera de que se trata de frases inocuas, y que no hay que ponerse así ante ellas, a mí me ponen de los nervios. Siempre he odiado las frases hechas, los tópicos, el decir por decir. Más aún la cursilería, las supuestas miras benefactoras.
Como dije ayer: las cosas se han de demostrar haciéndolas, sin pavonearse de ello. ¿Para qué estar regalando los oídos ajenos y regalándose los propios?pérdidas de tiempo del que no andamos -al menos yo- sobrados.

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