sábado, 8 de agosto de 2020

Censuras serviciales nefastas


No estamos bien. No es necesario que escriba yo por aquí para que se descubra. A cualquiera se le ocurrirá inmediatamente una serie de argumentaciones para razonar lo que digo. Pero es que, además, cuando se dan ciertos pasos para, aparentemente, ir contra una de las muchas lacras existentes (más atinadamente: para hacer ver que se hace algo contra ella), pues resulta que el tiro sale por la culata, o tiene más consecuencias negativas que positivas.
Sabe mal poner un ejemplo personal, porque da la impresión de que solo participo en el nutrido gallinero de quienes reclaman de lo suyo, pero es lo que tengo más a mano.
El jueves fui a comprobar una cosa en Facebook y me apareció un mensaje diciéndome que habían restringido por 24 horas mi uso de Facebook, porque (como dice la frase de arriba de la captura de pantalla que saqué ayer, unas horas antes de finalizar ya el plazo del castigo) un comentario que había escrito incumplía “las normas comunitarias contra el lenguaje que incita el odio”.
Quedé muy sorprendido, pero igual que en la ocasión anterior en que sufrí la censura del sistema (que queda reflejada en la parte inferior de la imagen, correspondiendo al año pasado) no hubo forma de que me enseñaran la fotografía que había llevado, con amonestación, a la retirada de mi entrada (una fotografía para ilustrar el comentario sobre Swazilandia, en la que en un último plano se veía el pecho de una de las componentes de un grupo de danza tradicional del país, creo que sacada de su web de turismo), en esta ocasión sí me repetían mi comentario, que recordé inmediatamente.
Me las prometía felices, porque el sistema parecía ofrecerme un camino si no estaba de acuerdo con la decisión. Efectivamente, podía poner una cruz en “Admitir la sanción” o bien algo así como “No estar de acuerdo con ella”. Puse la cruz en esta última casilla, para al menos explicarme.
No obtuve lo que quería. Me salió, por otro automatismo como el que había ocasionado mi “restricción en el sistema”, en vez del esperado cuadro donde explayarme, un mensaje que decía que, debido al coronavirus, seguramente no podría ponerse en contacto conmigo nadie de la Compañía. No es la primera vez que veo ponen al coronavirus como culpable de que no se siga un procedimiento adecuado. Hasta he recibido notificaciones de ciertos servicios que, en vez de decir, como cada año, que se van de vacaciones y vuelven en septiembre, tienen la jeta de decir que, por nuestro bien, para resguardarnos del coronavirus a nosotros y a sus trabajadores, no nos atenderán personalmente hasta septiembre...
Quizás sí que alguien -o un software más sofisticado- tuvo tiempo de ver mi reclamación, porque vi más tarde que me volvían a decir que confirmaban la sanción. Quizás era eso “ponerse en contacto conmigo”.
Pues no. No estoy de acuerdo con toda esta parafernalia que se ha puesto en marcha para -vamos a pensar que es eso- acabar con la incitación al odio a través de suprimir ciertas cosas del lenguaje, como si así se fuera a acabar con todo ello, en vez de ir a fondo, con recursos, con medios eficaces, a establecer una buena, sólida y expandida educación.
Mucho menos estoy de acuerdo con los automatismos, con los programas automáticos implantados por todo tipo de empresas no para “ponerse a nuestro servicio”, como suelen decir, sino para ahorrarse personal de contacto, con los que hablar directamente en caso de necesidad, de ser humano a ser humano.
Y, desde luego, he sufrido en mis propias carnes el peligro de esa práctica tan habitual de sacar frases de su contexto. Mi frase no sólo estaba entrecomillada, para dejar claro que se trataba de la elocución de otras personas, sino que formaba parte de un comentario en el que la igualaba con toda otra serie de frases de un “post” de otra persona que tenía por objetivo levantar las sospechas ante ciertas frases que, efectivamente, delataban un latente, evidente racismo.

 

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