Siempre explico el silencio que se creó en el auditorio del Museo de la Ciencia cuando, en el coloquio de una de las primeras reuniones sobre la “Smart City” esa, una persona del público levantó la mano, dijo que muy bonito todo lo oído, pero que a ver qué se pensaba hacer con ese enorme porcentaje de gente (aquí, ya no digamos si extendemos el análisis a todo el mundo) que no tiene móvil y está afectado por eso que ya se empezaba a llamar la “brecha electrónica”.
No es excesivamente brillante, para mi gusto, el artículo que aparece en primera página de “Le Monde Diplomatique en español” del mes de agosto (“¿Se puede vivir sin internet?”, escrito por Julien Brygo), pero aporta alguna cifra interesante y me parece que tiene el don de sembrar la inquietud hasta en los que contemplan lo que llama la “desmaterialización de los servicios” como un gran avance.
Alguna cifra que, aunque la da sobre Francia, podemos aplicarla a España proporcionalmente sin gran error: 6,8 millones de personas que no tienen acceso a internet; 12,8 que no tienen internet de banda ancha, con lo que cualquier trámite puede resultarles un verdadero calvario; 25% de gente sin un smartphone; 23% de la población mayor de 18 años que se encuentran “incómodas” con internet; 55% de los mayores de 70 años que no tienen internet en su casa, como no lo tienen uno de cada cinco menores de 35 años.
Hay que ponerse a pensar, pues, cómo hace toda esa gente para trámites relacionados con: el carnet de conducir, matriculación de vehículos, pago de impuestos, inscripción en la agencia de empleo, alta en una compañía de electricidad,... cosas todas ellas que ya se pueden hacer en Francia únicamente por internet. O, mas de la vida común, reservar mesa en un restaurante, una habitación de hotel, comprar una entrada para un espectáculo, etc. Cosas que van camino - si no lo son ya- de ser posibles únicamente por internet.
Habla el artículo, que ha observado la reacción a estas cosas en los departamentos del norte de Francia, de una serie de disposiciones que se están poniendo en marcha para atender a toda esta gente que se está quedando descolgada: unos centros oficiales para ayudar en los trámites a hacer obligadamente por internet, la proliferación de ayudas de departamentos para el mantenimiento de un ejército de voluntarios que, como “servicio cívico” se encargan únicamente de ayudar en algún trámite vital a personas que no se saben enfrentarse a una pantalla de una máquina.
Voy a la experiencia personal: ¿alguien ha visto en que se están convirtiendo las oficinas de La Caixa supervivientes de los sucesivos cierres desde el estallido de la crisis? En unas salas enormes, casi vacías, llenas de tresillos donde se supone que hablan tranquilamente un gestor de la entidad con un cliente con el que ha cerrado previamente una cita. Pero lo divertido es que a la entrada suele haber una serie de cajeros automáticos y una cola de gente esperando les atienda un pobre empleado -suele ser una chica, a la que compadezco- que, ante un atril, recibe a todos los que se han presentado allí sin cita, e intenta dirigirlos y apoyarlos para hacer su gestión en las máquinas.
Otros aspectos que toca el artículo: la casi imposibilidad de lograr un trato humano (es decir, no con una máquina) para hacer según qué trámites, y la pérdida de contacto humano que eso supone. La falsa excusa ecologista para justificar la eliminación del papel y el consecuente paso a la notificación por internet, “cuando, hasta que se demuestre lo contrario, el papel es reciclable en un 90%, lo que no es el caso en el material informático”. La invasión de la vida privada. El gran ahorro que se dice obtendrán de la desmaterialización las empresas (éstas sí) o el Estado en cuanto acabe con los servicios públicos presenciales, cuando no se explica que “llegar al Estado digital integral costará” cifras de miles de millones de euros.

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